El refugio de los libros




Hace apenas unos días alguien se comunicó conmigo para hablar acerca de una circunstancia vital que estaba atravesando. Era un momento muy doloroso, de esos que en ocasiones nos ponen en jaque. A todos nos ha ocurrido: una enfermedad, un revés de la suerte, un proyecto que se frustra… un amor que se va. Quién no tenga una historia así no ha pasado por la vida. Momentos como esos nos hacen sentir que la vida nos abofetea y en los que supone casi una utopía lograr alcanzar esa bocanada de aire que nos permita seguir adelante.


“Y el único refugio que encontré fue tu saga.” Me dice “Así que no puedo más que agradecerte por haberme ayudado a continuar en estos momentos tan complicados”.


Lo peor, (o lo mejor, depende con qué ánimo uno quiera asomarse a ese desgarro de otro) es que ni siquiera ha sido el primero.


Como en las otras ocasiones, no supe que decir. Y no hay peor escenario para un escritor que no encontrar las palabras (no importa en qué circunstancia). No supe qué decirle a él y por un momento tampoco supe qué decirme a mí mismo. La suma de este tipo de confesiones me hizo reflexionar sobre las palabras.


Palabras que son herramientas, palabras entretejidas que son el medio de quienes nos esforzamos por contar una historia que vive, pulsa, late dentro de nosotros y que necesitamos compartir con el mundo. Un cielo que se roza, con la yema de los dedos, cuando alguien dice “Me ha encantado” pero lo eleva hasta ese dramático extremo.


¿En qué se han transformado los libros, en estos días tan ásperos, tan duros, tan difíciles de vivir, sino en refugios? Espacios dentro de los cuales somos libres, espacios donde podemos caminar de la mano de los personajes, reír, luchar, asustarnos o emocionarnos, con ellos, sin ellos. En soledad, con nosotros mismos. Sin que nadie moleste ni altere ese momento. En la época en que las redes sociales y la globalidad de las comunicaciones nos aturden, nos enfurecen, nos irritan y nos agobian, las historias, los libros, han vuelto a ser aquel “único lugar donde se puede estar tranquilo” como dijo también un escritor.


En ese correo, breve, intenso y lleno de emoción, vuelvo a sentir el privilegio de ser alguien leído por personas de todas partes, de todos los rincones, de todas las edades… pero también la inmensa responsabilidad que implica poder poner en las manos de alguien un mundo completo donde, tal vez, quizá, esa persona puede ser feliz por unos instantes.


Por eso el refugio de los libros no lo es sólo para los lectores, no. También lo es para los escritores que nos sentimos impulsados a entregar aquello que sentimos que merece ser contado. Y cada vez que al otro lado del espejo alguien llama, se acerca y comparte un pequeño trozo de su vida, un destello del roce que esa historia ha tenido en su corazón, entonces me refuerza, me llena de energía y me recuerda que los cuentacuentos hemos venido a este mundo a ofrecer un lugar seguro a todos aquellos que lo necesiten.


Gracias, lector/a que sentiste el impulso de compartir conmigo ese abrazo que, en ocasiones, las palabras hacen real. Gracias, lector anónimo, quizá futuro, por permitirme entrar en tu vida y acompañarte con aquello que late al otro lado del espejo y que he intentado acercar hasta ti. Gracias por darme la posibilidad de ser parte de tu vida, tomarte la mano y decirte que todo va a estar bien.


Vilches

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